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El verano, a pesar de lo que parece, no es la estación del sol sino el tiempo de la sombra. Buscamos su cobijo afanosamente y en ella encontramos refugio para la piel y para el ánimo.
El sombrero, con una etimología que no deja lugar a dudas, hace portátil la arquitectura y su promesa de protección.
Es sombra portátil. También nómada. De todo esto hay algo en nuestra propuesta para este verano…
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Las culturas de la antigüedad que no se asentaron en ciudades viajaban con todos sus enseres de un lado para otro. Su forma preferida de manifestación artística era el ornamento que aplicaban a todo tipo de objetos y al que dedicaban toda su atención. Sus sinuosas formas eran capaces de contener el universo entero empleando una simbolización muy abstracta.

Estos ornamentos servían también para adornar el cuerpo y hoy en día podemos leerlos como una protohistoria de la joyería: un objeto valioso, realizado con materiales inalterables y portable; un objeto capaz de cruzar espacios y tiempos. Un buen nómada sabe que la meta es el camino.

El verano es quizá la estación más nómada del año. Período de descanso y descubrimientos. Quieras o no te descubres en danza por uno de esos caminos que a priori no figuraban en tu plan de vida. Pero ahí están. Como decía el fotógrafo Bernard Plossu, infatigable nómada, lo importante del viaje es tomar la decisión de hacerlo.

En cualquier caso para veranear, verbo que no deja de ser una forma menor para hablar del viaje, no es imperativo moverse del sitio. Solo necesitamos tener la posibilidad de experimentar un cierto recogimiento en un lugar cotidiano para gozar de un tiempo que no es el del día a día y sus exigencias. Parecido a lo que decía Woody Allen del acto de ir al cine; “es como hacerle novillos a la vida”.

Si hacemos caso a Tanizaki, autor de Elogio de la sombra, el gusto japonés por una cierta penumbra, umbral de ese gozo que dilata la vida, se ve reflejado en la arquitectura tradicional y en especial en los tejados que coronan las casas. Enormes techumbres que superan en mucho la planta de la casa y que crean unos aleros que guardan el interior del sol y el exceso de luz. Una penumbra calculada, como la que antecede a la siesta veraniega.

De todos los sombreros posibles, y hay unos cuantos, quizá uno de nuestros preferidos sea el cloche, diseñado por Lucy Hamar. Su forma, realmente un cono de fieltro redondeado que se ajustaba a la cabeza, tenía una ligera visera que ocultaba la mirada tornando a su portadora, y al enigma de sus ojos, en una seductora penumbra.

Cuando una lámina de oro o plata se encarama sobre una piedra, crea un breve espacio de penumbra que altera su aspecto. La piedra se oscurece y la joya adquiere mayor volumen gracias al juego de luz y sombra. Hay algo de teatralidad y a la vez de sosiego en el ambiente que se crea allí, que nos transporta a esos ratos de siesta al cobijo de una sombrilla. Nada más nómada que ella…

Esperamos que tengas un feliz paréntesis nómada. Te recordamos que nosotros también lo tendremos así que recuerda que los pedidos que se realicen entre el 16 de julio y finales de agosto empezarán a enviarse el 1 de septiembre.
¡¡Hasta pronto!!

Guía de tallas

A. medir el diámetro interior de un anillo

B. buscar la equivalencia entre los mm. y la talla