La joya de mi abuelo

Mi abuelo era un hombre bajito que siempre llevaba sombrero para parecer más alto. En general, era bastante austero en su indumentaria y prefería vestir de gris para no tener que complicarse la vida combinando otros colores. Ahora que lo pienso, es posible que fuese daltónico sin saberlo.

Para su corta estatura, recuerdo que tenía unas manos exagerádamente grandes y siempre lucía un sello de color negro en su dedo anular. Solía contarme anécdotas de su infancia en un pueblo de Toledo y agitaba sus manos en el aire como enormes palomas. Yo le escuchaba y no perdía de vista su anillo.

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Mi madre guardó el sello en un joyero verde durante muchos años, junto a las alianzas de boda , el collar de perlas cultivadas y otras joyas de mi abuela. Allí permaneció durante veintitrés años.

Una mañana, mi madre encontró el joyero al fondo de su armario y convocó a los nietos del abuelo. Nos sentamos y esparcimos los pequeños tesoros encima de una mesa. Los repartimos. La opción más rentable era fundir el oro y convertirlo en dinero y eso hicimos para evitar conflictos familiares.

Nadie se fijó en el viejo sello negro hasta que yo lo cogí y me lo puse en el dedo anular. Me sorprendió el tamaño de su diámetro. Aquel hombre de corta
estatura que fue mi abuelo tenía unas manos tan grandes como recordaba.
Observé de cerca la filigrana tallada en el oro y la pieza octogonal de ónix.

Ahora siempre lo llevo conmigo, en una bolsita negra en la que guardo pequeñas cosas útiles y amuletos que me acompañan allí donde voy. Es una forma de verlo a diario. Cada vez que la abro y veo el sello al fondo, sonrío a mi abuelo.

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