Ágatas dendríticas

– Dime la verdad, ¿cómo pintas las piedras? – me preguntó alguien hace tiempo.
Me reí. – No las pinto yo, las pinta la naturaleza. Yo solo las busco y elijo las que me gustan –

El ágata dendrítica es un cuarzo blanco con numerosas fisuras internas. Cuando ciertas concentraciones de hierro y manganeso penetran en estas finas grietas, las rellenan de un color pardo. El resultado es una estructura semejante a las ramas de un árbol. La química da lugar a una imagen pictórica de gran belleza. La magia está servida.

La primera vez que las vi fue en una feria de minerales. Compré algunas piezas y las guardé en una caja de cristal. De vez en cuando las miraba. Me quedaba encandilada observando aquellos pequeños paisajes invernales. Había algo de inquietante en las ramificaciones de sus árboles sin hojas, como testigos silenciosos de algún oscuro suceso.

Hace quince años, encontré un pequeño stand brasileño en una feria internacional de joyería. Sobre una mesa metálica y dentro de unas cajas transparentes, descubrí una sucesión de ágatas dendríticas. Todas iguales de forma y con distintas ramificaciones internas. Había paisajes invernales, bosques de abetos alpinos y arbustos mediterráneos. En algunas lucía la luna llena y en otras se ponía el sol.

Volví a Madrid con mi nuevo tesoro dentro de la maleta y me puse a trabajar.
Diseñé varias sortijas muy sencillas en las que cedí el protagonismo a mis nuevas adquisiciones.

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